QUÉ NECESITA UNA PERSONA DOM

¿QUÉ NECESITA UNA PERSONA DOM?

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«Una persona Dom no deja de ser humana el día que asume un rol; simplemente aprende a convivir con una responsabilidad que pocas veces alguien se detiene a mirar.» Durante años, el BDSM ha puesto el foco, con razón, en la seguridad, las necesidades y el bienestar de la parte sumisa. Se han escrito innumerables textos sobre cómo escuchar, cuidar y acompañar a quien entrega parte de su poder. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez aparece en una conversación, en una negociación o en el inicio de una dinámica: ¿qué necesita la persona que se encuentra al otro lado del intercambio de poder?

Quizá el problema sea que, con demasiada frecuencia, se confunde el rol con la persona. Se espera que una persona Dom tenga siempre las respuestas, mantenga la calma, tome decisiones acertadas y sostenga la dinámica sin mostrar dudas ni cansancio. Pero detrás de cualquier título, honorífico o forma de vivir el BDSM, hay alguien con una vida propia, con responsabilidades, con emociones y con necesidades que también merecen ser escuchadas. Este artículo no pretende establecer una competición entre roles, sino invitar a una reflexión necesaria: recordar que, incluso dentro de una relación basada en el intercambio de poder, nadie debería convertirse en invisible.

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LA SUMISIÓN NO ES OBEDIENCIA CIEGA

LA SUMISIÓN NO ES OBEDIENCIA CIEGA

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LA SUMISIÓN NO ES OBEDIENCIA CIEGA

Hoy vengo tranquilo, pero tengo que recalcar que: LA SUMISIÓN NO ES OBEDIENCIA CIEGA. En el universo del BDSM, pocos conceptos se malinterpretan tanto como la sumisión. Fuera del contexto adecuado —y muchas veces dentro también— se suele reducir esta práctica a una simple obediencia mecánica, a la figura de alguien que calla, baja la cabeza y asiente sin cuestionar. Esa imagen, repetida hasta el hartazgo en la pornografía y en discursos de poder mal digerido, no solo es simplista: es peligrosa. No representa la esencia real de la entrega, sino una fantasía que ignora los matices, las necesidades y, sobre todo, la humanidad de quien decide ocupar un rol sumiso.

Ser una persona sumisa no es desaparecer. No es renunciar a los propios derechos, deseos o límites. Tampoco es convertirse en un objeto al servicio de otra persona. Es, más bien, una elección activa y profundamente consciente de entrega dentro de un marco de respeto, comunicación y consentimiento. La sumisión auténtica nace del deseo, no de la necesidad. Se construye desde la confianza, no desde el miedo. Y sobre todo, se vive con dignidad, no con vergüenza.

En este artículo voy a desmontar algunas de las creencias más dañinas asociadas a la sumisión. Analizaré por qué obedecer no siempre significa someterse, qué lugar ocupa el consentimiento informado y qué diferencia a una dinámica BDSM saludable de una relación de control abusiva disfrazada de Dominación y sumisión. Porque si hay algo que necesita visibilizarse más que nunca es que las personas sumisas no están por debajo de nadie. Son parte activa, valiosa y esencial de esta cultura.

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