Existe una idea persistente —y bastante cómoda— que equipara Dominación con mando incuestionable. Como si llevar la posición de poder implicara automáticamente elevar la voz, endurecer el gesto o imponer decisiones sin diálogo. Resulta curioso cómo, en un entorno que se define por el consentimiento y la conciencia, todavía se confunde liderazgo con control absoluto. Tal vez porque el autoritarismo ofrece una ilusión de fuerza inmediata, mientras que el liderazgo exige algo más incómodo: criterio, autocontrol y responsabilidad real.
En el ámbito BDSM, donde el intercambio de poder es explícito y pactado, la diferencia entre dirigir y dominar desde el ego no es un matiz menor, sino un eje estructural de la dinámica. Hablar de liderazgo sin autoritarismo implica revisar qué significa ejercer autoridad de forma ética, cómo se construye la legitimidad dentro del rol y qué impacto tiene la forma de dirigir sobre la parte sumisa y sobre la relación en su conjunto. No se trata de suavizar la Dominación, sino de comprenderla con mayor profundidad y rigor.
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