«Una persona Dom no deja de ser humana el día que asume un rol; simplemente aprende a convivir con una responsabilidad que pocas veces alguien se detiene a mirar.» Durante años, el BDSM ha puesto el foco, con razón, en la seguridad, las necesidades y el bienestar de la parte sumisa. Se han escrito innumerables textos sobre cómo escuchar, cuidar y acompañar a quien entrega parte de su poder. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez aparece en una conversación, en una negociación o en el inicio de una dinámica: ¿qué necesita la persona que se encuentra al otro lado del intercambio de poder?
Quizá el problema sea que, con demasiada frecuencia, se confunde el rol con la persona. Se espera que una persona Dom tenga siempre las respuestas, mantenga la calma, tome decisiones acertadas y sostenga la dinámica sin mostrar dudas ni cansancio. Pero detrás de cualquier título, honorífico o forma de vivir el BDSM, hay alguien con una vida propia, con responsabilidades, con emociones y con necesidades que también merecen ser escuchadas. Este artículo no pretende establecer una competición entre roles, sino invitar a una reflexión necesaria: recordar que, incluso dentro de una relación basada en el intercambio de poder, nadie debería convertirse en invisible.
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